Redactora Creativa y Ghostwriter

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Luego de revisar el paso al dinero gubernamental y su trayectoria histórica, continuaremos estudiando las implicaciones económicas y sociales de diferentes tipos de monedas. A este respecto, este acercamiento permite contextualizar el fenómeno del Bitcoin en el siglo XXI.

Dinero, preferencia temporal y Bitcoin

El dinero sólido es elegido libremente en el mercado por su vendibilidad, porque retiene su valor en el tiempo, porque puede trasferir valor en el espacio de forma efectiva y porque puede fraccionarse y agruparse en escalas pequeñas y grandes. Se trata de una moneda cuya oferta no puede ser manipulada por ninguna autoridad coercitiva que imponga su uso a los demás. Del análisis precedente, y a partir de la comprensión de la economía monetaria que nos ofrecen los economistas austríacos, la importancia del dinero sólido se explica por tres razones generales. La primera de ellas es que preserva el valor en el tiempo, lo que proporciona a la gente mayor incentivo para pensar en el futuro, y disminuye su preferencia temporal. La reducción de la preferencia temporal es lo que inicia el proceso de civilización humana y permite a las personas cooperar, prosperar y vivir en paz. En segundo lugar, una moneda sólida permite que el comercio se base en una unidad de medición estable, lo cual facilita la existencia de mercados cada vez más amplios y libres del control, así como la coacción de los gobiernos; con el libre comercio se obtiene la paz y la prosperidad. Es más, una unidad contable es fundamental para toda forma de planificación y cálculo económico, y éste resulta poco fiable con una moneda frágil, que es la causa fundamental de las recesiones y las crisis económicas. Por último, el dinero sólido es requisito fundamental para la libertad individual frente al despotismo y la represión del poder, ya que la capacidad de un Estado coercitivo para crear dinero puede llevar a un abuso de poder sobre sus súbditos, potestad que, por su misma naturaleza, atraerá a los menos dignos y a los más inmorales.

El dinero sólido es un factor fundamental a la hora de determinar la preferencia temporal individual, un aspecto de la toma de decisiones individuales de suma importancia e ignorado en gran medida. La preferencia temporal se refiere a la ratio en que una persona valora el presente con respecto al futuro. Los seres humanos no vivimos para siempre, y la muerte puede sobrevenirnos en cualquier momento; de modo que el futuro es incierto. Como es necesario consumir para sobrevivir, la gente suele valorar más el gasto presente que el futuro, ya que la falta de consumo actual podría provocar que el futuro no llegue nunca. En otras palabras, la preferencia temporal es algo positivo para todos los seres humanos; siempre se menosprecia el futuro frente al presente.

Asimismo, como con tiempo y medios se puede producir más riqueza, las personas racionales siempre preferirán contar con una cantidad dada de recursos en el presente antes que en el futuro, ya que podrán utilizarlos con el fin de producir más. Para que una persona esté dispuesta a aplazar un año la recepción de un bien, tendrán que ofrecerle una mayor cantidad del bien en cuestión. El incremento necesario para tentar a una persona a aplazar la recepción de un bien concreto es lo que determina su preferencia temporal. Todos los seres racionales tienen una preferencia temporal diferente de cero, pero ésta varía de un individuo a otro.

La preferencia temporal de los animales es muy superior a la de los humanos, ya que actúan para satisfacer sus impulsos instintivos inmediatos y tienen una escasa idea de qué es el futuro. Algunos son capaces de construir nidos o casas que pueden perdurar en el tiempo; éstos tienen una preferencia temporal menor que aquellos que actúan para satisfacer necesidades urgentes, como el hambre y la agresión. La inferior preferencia temporal de los seres humanos permite poner coto a nuestros impulsos instintivos y animales, pensar qué es mejor de cara al futuro y actuar de forma racional y no precipitarnos. En vez de dedicar todo nuestro tiempo a producir bienes para el consumo inmediato, podemos elegir utilizarlo para elaborar artículos que llevará más tiempo concluir, si es que son bienes superiores. A medida que los seres humanos reducen su preferencia temporal, amplían el alcance para desempeñar tareas durante horizontes temporales más prolongados y satisfacer así necesidades cada vez más remotas, y desarrollan la capacidad mental de crear objetos no para su consumo inmediato sino para la producción de bienes futuros, en otras palabras, crean bienes de capital.

Aunque tanto los animales como los seres humanos pueden cazar, nos diferenciamos de los primeros en que dedicamos tiempo a elaborar herramientas para hacerlo. A veces, algunos animales utilizan cierto utensilio para apresar a otro, pero no tienen la capacidad de poseer dicha herramienta y conservarla para su uso durante un tiempo prolongado. Sólo mediante una preferencia temporal menor puede un ser humano decidir dedicar menos tiempo a cazar para fabricar un arpón o una caña de pescar que no se puede comer pero que le permitirá cazar con mayor eficiencia. Ésta es la esencia de la inversión: a medida que los seres humanos demoran la gratificación inmediata, éstos invierten su tiempo y sus recursos en la producción de bienes de equipo que harán que la producción sea más sofisticada o más avanzada tecnológicamente y que se dilate durante un horizonte temporal más amplio. La única razón por la que una persona escogería postergar su gratificación para participar de una arriesgada producción durante un período de tiempo más prolongado es que estos procedimientos más largos generarán mayor producción y bienes superiores. En otras palabras, la inversión eleva la productividad del fabricante.

El economista Hans-Hermann Hoppe explica que, una vez que la preferencia temporal cae lo suficiente como para permitir la acumulación de ahorros o la formación de bienes de equipo o de consumo duradero, la tendencia es que ésta caiga aún más en tanto que se inicia un «proceso de civilización».

El pescador que fabrica una caña de pescar está en condiciones de capturar más peces por hora que aquel que pesca con las manos. Y el único modo de elaborar la caña es dedicar una cantidad de tiempo inicial de trabajo que no produce pescado comestible, pero que genera finalmente una caña de pescar. Aun así, éste es un proceso que lleva asociada cierta incertidumbre, ya que la caña podría no funcionar, con lo cual el pescador habría malgastado su tiempo en vano. La inversión no sólo requiere postergar la gratificación, sino que, además, conlleva siempre cierta asunción del riesgo de fracasar, lo cual significa que sólo se llevará a cabo con la expectativa de obtener una recompensa. Cuanto más baja sea la preferencia temporal de una persona, más posibilidades habrá de que ésta invierta, retrase la gratificación y acumule capital. Cuanto más capital acumule, mayor será la productividad de la mano de obra, y más prolongado será el horizonte temporal de producción.

Para entender la diferencia de manera más vívida, contrastemos dos hipotéticos individuos que empiecen de cero, sólo con sus manos y distintas preferencias temporales: Harry tiene una preferencia temporal superior a la de Linda. Harry decide dedicar su tiempo exclusivamente a capturar peces con las manos, necesitando unas ocho horas al día para apresar la suficiente cantidad para comer cada día. Linda, por su parte, con una preferencia temporal menor, sólo destina seis horas a atrapar peces, arreglándoselas con una menor cantidad de piezas al día, y dedica las otras dos a elaborar una caña de pescar. Tras una semana, Linda ha logrado hacer una caña de pescar que funciona. Durante la segunda semana, ella puede pescar en ocho horas el doble de peces que Harry. La inversión de Linda en la caña de pescar le permite trabajar sólo cuatro horas al día y comer la misma cantidad de peces que Harry, pero, como ella tiene una preferencia temporal más baja, no se quedará dormida en los laureles. En lugar de sentirse satisfecha, Linda dedicará cuatro horas a capturar tantos peces como Harry en ocho horas, y, luego, empleará otras cuatro a acumular capital, construyéndose un barco de pesca, por ejemplo. Un mes más tarde, Linda cuenta con una caña de pescar y una embarcación que le permite adentrarse en el mar. La productividad de Linda no sólo es superior por hora; sus peces son diferentes y de mayor calidad que los que pesca Harry. Ahora sólo necesita una hora para garantizarse la comida del día, de modo que dedica el resto de su tiempo a acumular más capital, fabricando cañas de pescar, redes y barcos mejores y más grandes, que a su vez incrementarán su productividad aún más y mejorarán su calidad de vida.

Si Harry y sus descendientes continúan trabajando y consumiendo con la misma preferencia temporal, seguirán llevando la misma vida que él, con el mismo nivel de consumo y productividad. Si Linda y sus descendientes mantienen la misma preferencia temporal más baja, con el tiempo seguirán incrementando sin parar su calidad de vida, aumentando sus existencias de capital y llevando a cabo trabajos con niveles de productividad cada vez más altos que implican procesos que llevan mucho más tiempo concluir. Los equivalentes de los descendientes de Linda en la vida real hoy serían los dueños de Annelies llena, el buque factoría pesquero más grande del mundo. Llevó décadas concebir, diseñar y construir esta formidable máquina antes de ser terminada en el año 2000, que seguirá funcionando durante decenios para ofrecer a sus inversores, con menor preferencia temporal, un retorno al capital que prestaron décadas atrás durante el proceso de construcción de la embarcación. El proceso de producir peces se ha vuelto tan largo y sofisticado para los descendientes de Linda que lleva décadas llevarlo a cabo, mientras que los sucesores de Harry siguen completando el proceso en unas cuantas horas al día. La diferencia, claro, estriba en que los descendientes de Linda tienen una productividad mucho más elevada que los de Harry, que es por lo que merece la pena participar en el proceso más largo.

El test de la golosina, realizado en Stanford a finales de la década de 1960, representa una importante demostración de la importancia de la preferencia temporal. El psicólogo Walter Mischel dejaba a niños en una estancia a solas con una golosina o una galleta, y les decía que podían comérsela si querían, pero que volvería en 15 minutos y si no se la habían comido les daría otra como premio. Es decir, los chavales tenían la oportunidad de elegir entre obtener la gratificación inmediata de comerse el dulce o postergarla y recibir dos. Es una forma muy simple de verificar la preferencia temporal de los niños: los estudiantes con una preferencia temporal baja fueron los que consiguieron esperar a la segunda golosina o galleta, mientras que aquellos con la preferencia temporal más elevada no consiguieron hacerlo. Mischel hizo un seguimiento a los niños décadas después, y descubrió una correlación significativa entre el hecho de tener una preferencia temporal baja medida con el test de la golosina y un buen rendimiento académico, buenas notas en la selectividad, un adecuado índice de masa corporal y una ausencia de adicciones a sustancias. Como profesor de economía, siempre explico el test de la golosina en todos los cursos que imparto, ya que creo que es la lección más importante que la economía puede enseñar a mis alumnos; y me deja estupefacto que los planes de estudio universitarios de economía hayan ignorado casi por completo esta lección, hasta tal punto que muchos economistas académicos no están familiarizados con el término «preferencia temporal» ni con su significado.

Si bien la microeconomía se ha centrado en las transacciones entre individuos, y la macroeconomía, en el papel del gobierno en la economía, la verdad es que las decisiones económicas más importantes que afectan al bienestar individual de cualquier persona son aquellas en las que existe un elemento de compensación con su yo futuro. Cada día, una persona llevará a cabo varias transacciones económicas con otros individuos, pero participará en un número mucho mayor de intercambios con su yo futuro. Los ejemplos de estos últimos son infinitos: decidir ahorrar dinero en vez de gastarlo; invertir en adquirir formación y determinadas habilidades para poder desempeñar un trabajo mejor en el futuro en vez de buscar de inmediato un empleo con un sueldo más bajo; comprar un coche funcional y cómodo en vez de endeudarse en la compra de uno más caro; trabajar horas extra en vez de salir de fiesta con amigos; o, mi ejemplo preferido, y que suelo utilizar en mis clases, apostar por estudiar el material del curso cada semana del semestre en vez de hacerlo todo de golpe la noche antes del examen.

En cada uno de estos ejemplos, nadie obliga a la persona en cuestión a tomar una determinada decisión, y el primer beneficiario o perjudicado por las consecuencias de las mismas siempre es el propio individuo. El factor principal que determina las decisiones en la vida de una persona es su preferencia temporal. Si bien esta preferencia y el autocontrol de la persona variarán según la situación, se puede encontrar en general una fuerte correlación en todos los aspectos de la toma de decisiones. La cruda realidad que debemos considerar es que muchas cosas en la vida de una persona estarán determinadas en gran medida por estas transacciones entre ella y su yo futuro. Por más que quiera culpar a los demás de sus fracasos o compartir el mérito de su éxito con otros, es probable que los infinitos tratos que haya cerrado consigo misma sean más importantes que cualquier circunstancia o condición externa. No importa cuánto puedan conspirar las circunstancias contra una persona con una baja preferencia temporal, lo más probable es que encuentre un modo de priorizar su yo futuro hasta alcanzar sus objetivos. Y no importa cuánta suerte tenga una persona con una preferencia temporal elevada, ya que encontrará la manera de continuar saboteando y engañando a su yo futuro. Los abundantes casos de individuos que han triunfado contra todo pronóstico y bajo circunstancias adversas contrastan con los de aquellos dotados de habilidades y talento y que, sin embargo, se las arreglan para desaprovechar sus dones y no logran alcanzar algo bueno por sí mismos. Muchos atletas y profesionales del espectáculo con un gran talento que les ha servido para ganar grandes sumas de dinero mueren, no obstante, sin un céntimo, debido a que su elevada preferencia temporal les sustrae lo mejor de ellos. Por otro lado, muchos ciudadanos de a pie y con ningún talento especial trabajan con diligencia, ahorran e invierten durante toda la vida para alcanzar cierta independencia financiera y legar a sus hijos una vida mejor que la que ellos heredaron.

Sólo a través de la preferencia temporal las personas comienzan a valorar invertir a largo plazo y a priorizar los resultados futuros. Una sociedad en la que los individuos dejan a sus hijos más de lo que ellos recibieron de sus padres es una sociedad civilizada, es decir, una sociedad en la que la vida está mejorando, y en la cual la gente vive con el objetivo de hacer que la vida de la siguiente generación sea mejor. Conforme los niveles de capital de una sociedad siguen en aumento, se incrementa la productividad y, junto con ella, la calidad de vida. Garantizada la seguridad de sus necesidades básicas, y prevenidos los peligros del entorno, la gente dirige su atención hacia aspectos más profundos de la vida que el bienestar material y la monotonía del trabajo: cultivan familias y vínculos sociales; emprenden proyectos culturales, artísticos y literarios; y procuran ofrecer contribuciones perdurables a su comunidad y al mundo. La civilización no consiste en más acumulación de capital per se; por el contrario, tiene que ver con lo que la acumulación de capital permite alcanzar, con la prosperidad y la libertad para buscar un significado superior en la vida cuando las necesidades básicas están cubiertas y los peligros más acuciantes controlados.

Hay muchos factores que entran en juego a la hora de determinar la preferencia temporal de los individuos. La seguridad que siente la gente con respecto a su persona y sus propiedades es, sin duda, una de las más importantes. Las personas que viven en zonas de conflicto y criminalidad tienen una significativa posibilidad de perder la vida y, por consiguiente, es probable que no tengan tan en cuenta el futuro, lo cual da lugar a una preferencia temporal más elevada que la de aquellas personas que viven en sociedades pacíficas. La seguridad de los bienes es otro factor decisivo que influye en la preferencia temporal de la gente: sociedades donde es probable que gobiernos o ladrones expropien o roben de manera aleatoria la propiedad individual tendrán preferencias temporales más altas, ya que tales actos llevarán a que los individuos prioricen gastar sus recursos en gratificación inmediata en lugar de invertirlos en bienes de los que podrían verse privados en cualquier momento. Las tasas tributarias también afectan de manera negativa a la preferencia temporal: cuanto más altos son los impuestos, menor cantidad de sus ingresos pueden quedarse las personas; esto lleva a la gente a trabajar y a ahorrar menos de cara al futuro, porque es probable que las cargas fiscales reduzcan los ahorros más que el consumo, en particular aquellos que cuentan con pocos ingresos, la mayoría de los cuales son necesarios para sobrevivir. No obstante, el factor que afecta a la preferencia temporal que más concierne a nuestro análisis es el valor futuro previsto del dinero. En el mercado libre, donde la gente puede elegir libremente su dinero, escogerá la forma de dinero con mayor probabilidad de conservar su valor en el tiempo. Cuanto mejor conserve su valor una moneda, la gente que la use estará más incentivada a postergar el consumo y a dedicar recursos para la producción en el futuro, dando lugar a la acumulación de capital y a la mejora de las condiciones de vida, y generando al mismo tiempo en las personas una baja preferencia temporal en otros aspectos no económicos de su vida. Cuando las decisiones de carácter económico están orientadas al futuro, es normal que también lo estén todo tipo de decisiones. Las personas se vuelven más pacíficas y cooperativas, entendiendo que la cooperación es una estrategia mucho más gratificante a largo plazo que cualquier beneficio a corto plazo surgido del conflicto. La gente desarrolla un gran sentido de la ética dando prioridad a las decisiones morales que a la larga propiciarán los mejores resultados para ellos y sus hijos. Una persona que piensa en el largo plazo es menos probable que engañe, mienta o robe, porque la recompensa a tales acciones puede ser positiva a corto plazo, pero muy adversa a la larga.

La merma del poder adquisitivo del dinero es similar a cierta forma de imposición de impuestos o expropiación, ya que reduce el «valor real» del dinero de una persona aun cuando el «valor nominal» sea constante. En la economía moderna, el dinero emitido por el gobierno está vinculado de manera inextricable a tipos de interés artificialmente más bajos, lo cual es un objetivo deseable para los economistas actuales porque fomenta el endeudamiento y la inversión. Pero el efecto de esta manipulación del precio del capital es la reducción artificial del tipo de interés que revierte en ahorradores e inversores, así como del que pagan los prestatarios. La consecuencia natural de este proceso es la reducción de los ahorros y el incremento de los préstamos. Al margen, las personas consumirán una mayor parte de sus ingresos y pedirán prestado más de cara al futuro. Esto no sólo repercutirá en sus preferencias temporales a la hora de tomar decisiones financieras, sino que es probable que se refleje en todos los aspectos de sus vidas.

El paso de una moneda que conserva su valor o que se aprecia a una que lo pierde es muy significativo a largo plazo: la sociedad ahorra menos, acumula menor cantidad de capital y es probable que empiece a consumir el mismo; y la productividad laboral se mantiene estable o disminuye, lo que provoca el estancamiento de los salarios reales, aunque sea posible lograr que aumenten los salarios nominales mediante el mágico poder de imprimir más papel dinero, aún más devaluado. Como la gente comienza a gastar más y a ahorrar menos, todas sus decisiones las toman de cara al presente, lo que acaba por provocar deterioros morales y una mayor probabilidad de participar en conflictos y de adoptar un comportamiento destructivo y autodestructivo.

Esto ayuda a explicar por qué las civilizaciones prosperan bajo un sistema monetario sólido pero se desintegran cuando a dicho factor se les resta valor, como ocurrió con los romanos, los bizantinos y las sociedades europeas modernas. El contraste entre los siglos XIX y XX puede comprenderse en el contexto del abandono del dinero sólido y de todos los problemas concomitantes que ello provocó.

Inflación monetaria

La simple realidad, demostrada a lo largo de la historia, es que cualquier persona que encuentre un modo de crear un medio de intercambio monetario intentará ponerlo en práctica. La tentación de embarcarse en el proyecto es demasiado grande, aunque la creación del mismo no sea una actividad productiva para la sociedad, ya que cualquier oferta de dinero es suficiente para cualquier economía de cualquier envergadura. Cuanto más un medio monetario refrene este impulso a su creación, mejor será como instrumento de cambio y reserva de valor estable. A diferencia de todos los demás bienes, el dinero posee funciones como medio de intercambio, reserva de valor y unidad contable completamente ortogonales a su cantidad. Lo que importa del dinero es su poder de compra, no su cantidad; y, por lo tanto, cualquier cantidad del mismo es suficiente para desempeñar las funciones monetarias siempre y cuando sea suficientemente divisible y agrupable para satisfacer las necesidades transaccionales y de acopio de sus dueños. Cualquier número de transacciones económicas podría contar con el apoyo de una masa monetaria de cualquier tamaño, en la medida en que las unidades sean de sobra divisibles.

Una moneda en teoría idónea sería aquella cuya oferta fuera fija, es decir, que nadie podría producir más de la misma. La única forma no delictiva de conseguir dinero en una sociedad como ésa sería producir algo de valor para los demás e intercambiarlo por dinero. Como todo el mundo quiere conseguir más dinero, todos trabajarían y producirían más, lo que llevaría a la mejora del bienestar material de todas las personas, lo que a su vez les permitiría acumular más capital y aumentar su productividad. Dicha moneda también funcionaría a la perfección como depósito de valor, impidiendo que otros incrementasen la masa monetaria; la riqueza acumulada no se depreciaría con el tiempo, lo que incentivaría a la gente a ahorrar, al permitirles pensar más en el futuro. Con la riqueza y la productividad en aumento, y con una mayor capacidad de centrarse en el futuro, la gente empezaría a reducir su preferencia temporal y podría concentrarse en mejorar aspectos no materiales de su vida, llevando a cabo iniciativas espirituales, sociales y culturales.

Sin embargo, no ha sido posible idear una forma de dinero de la que no se pueda crear más. Lo que sea que se elija como instrumento de cambio siempre incrementará su valor y conducirá a que más gente intente producir más. La mejor forma de dinero de la historia fue aquella de la que se podía incrementar su oferta sin afectar a las reservas existentes, con lo que su creación no era una buena fuente de ingresos. Dado que el oro es indestructible, se trata del único metal cuyas existencias no han dejado de crecer desde que el primer ser humano lo extrajo de la corteza terrestre. Como la explotación de este mineral se mantiene desde hace miles de años, y dado que la alquimia todavía tiene que demostrar su viabilidad comercial a gran escala, la nueva oferta extraída de los yacimientos auríferos sigue siendo una pequeña fracción de las reservas actuales.

Esta particularidad está en la raíz de por qué el oro ha sido sinónimo de dinero sólido: se trata de una unidad monetaria cuya oferta, gracias a las férreas leyes de la física y la química, está garantizado que nunca aumentará de modo significativo. Por mucho que lo intenten, los seres humanos llevan siglos fracasando en su propósito de generar una forma de dinero más sólida que el oro, motivo por el que ha sido el principal instrumento monetario utilizado por la mayoría de civilizaciones a lo largo de la historia. Aun cuando el mundo ha pasado del oro al dinero gubernamental como depósito de valor, instrumento de cambio y unidad contable, los mismos gobiernos continúan almacenando un porcentaje significativo de sus reservas en oro, que a su vez constituyen un porcentaje considerable de las reservas de oro totales.

Keynes se quejaba de que la extracción del oro era una actividad inútil que consumía una gran cantidad de recursos sin agregar nada a la riqueza real. Si bien su crítica contiene cierta verdad, en la medida en que aumentar el medio monetario no incrementa la riqueza de la sociedad que lo utiliza, pasa por alto que el papel monetario del oro es consecuencia de ser el metal que menores recursos humanos y de capital atrae para su prospección y extracción, comparado con todos los demás. Como la oferta de oro sólo se puede incrementar en cantidades muy pequeñas, incluso con bruscas subidas de los precios, y como el oro es muy raro y difícil de encontrar, extraer oro monetario es menos rentable que explotar cualquier otro metal que pudiera asumir un papel monetario; lo que lleva a la menor cantidad de tiempo humano y recursos dedicados a su extracción. Si se utilizara algún otro metal como medio monetario, siempre que la preferencia temporal de la sociedad caiga y más personas lo compren para ahorrar, incrementando así su precio, existirían grandes posibilidades de obtener ganancias en la producción del metal. Como el metal es perecedero, la nueva producción siempre será mucho mayor (frente a la del oro) en porcentaje respecto a las reservas actuales, como en el ya señalado ejemplo del cobre, lo cual hará bajar el precio y devaluará los ahorros de los propietarios. En una sociedad de este tipo, el patrimonio les sería efectivamente robado a los ahorradores para recompensar a quienes se dedicaran a la extracción de los metales en cantidades muy por encima de su utilización económica. En una sociedad de este tipo habría poco ahorro y producción útil; el empobrecimiento se derivaría de la obsesión de producir el medio monetario, y llegaría un momento en que la sociedad se vería sobrepasada y sería conquistada por sociedades más productivas cuyos individuos tendrían mejores cosas que hacer que producir un medio monetario.

La realidad de la competencia monetaria ha desfavorecido de forma invariable a individuos y sociedades que invierten sus ahorros en metales distintos del oro, y al mismo tiempo ha recompensado a quienes los invierten en oro, porque no puede ser inflado con facilidad y porque obliga a las personas a dirigir sus energías lejos de la producción de un bien monetario y hacia la producción de otros bienes de consumo y servicios. Esto explica en parte por qué el erudito árabe Ibn Jaldún se refirió a la prospección y explotación del oro como la profesión menos honrada, después de la de quienes secuestran para exigir un rescate. La insensatez de Keynes al condenar el oro como moneda porque su extracción constituye un desperdicio radica en que el oro es el metal menos inútil de todos los potenciales metales que podrían utilizarse como moneda. Pero la necedad se ve agravada por la «solución» del mismo Keynes a esta limitación del oro, según la cual propone un patrón monetario fíat que ha desembocado en la dedicación de más tiempo, trabajo y recursos a la gestión de la emisión de la masa monetaria y a sacar provecho de ello. Nunca en la historia del oro como medio monetario empleó éste a tantos mineros y trabajadores como emplean los actuales bancos centrales y todos los bancos asociados y empresas que se benefician de tener un fácil acceso a las planchas de imprenta de moneda, como se analizará en el capítulo 7.

Cuando una nueva oferta es insignificante en comparación con la existente, el valor de mercado de una forma de dinero viene determinado por la disposición de las personas a acumularlo y a su deseo de gastarlo. Estos factores variarán de modo significativo con el tiempo para cada persona, ya que las circunstancias individuales pasan por períodos en los que se da prioridad a la acumulación de una gran cantidad de dinero y por otros períodos en los que no se le da tanta importancia. Pero, en conjunto, dichos factores diferirán ligeramente para la sociedad en general, porque el dinero es el bien comercializable con la menor reducción de utilidad marginal, lo que significa que adquirir más cantidad de dicho bien reduce la utilidad marginal de cada unidad extra. El dinero, que no se tiene por sí mismo, sino con el fin de intercambiarlo por otros bienes, verá disminuir su utilidad más despacio que cualquier otro bien, ya que siempre se puede intercambiar por otra mercancía. A medida que aumenta el acopio de casas, coches, televisores, manzanas o diamantes, la valoración marginal que se pone en cada unidad extra disminuye, llevando a un menor deseo de acumular más de cada bien. Pero tener más dinero no es como tener cualquiera de estos otros bienes, ya que, cuanto más se tiene, más se podrá intercambiar por más cantidad del siguiente bien que más se valore. En realidad, la utilidad marginal del dinero sí disminuye, como se desprende del hecho de que un dólar extra de ingresos significa mucho más para una persona cuyos ingresos diarios sean de un dólar que para quien sus ingresos diarios sean de mil dólares. Pero la utilidad marginal del dinero disminuye mucho más despacio que la de cualquier otro bien, ya que decrece junto con la utilidad de querer cualquier bien, no uno en particular.

La lenta disminución de la utilidad marginal de acumular dinero significa que la demanda del mismo no variará de manera relevante. La combinación de esto con una oferta casi constante da lugar a un valor de mercado de la divisa de relativa estabilidad en relación con los bienes y servicios. Esto significa que es poco probable que la moneda se aprecie o devalúe notablemente, lo que la convierte en una pésima inversión a largo plazo pero en un buen depósito de valor. De una inversión cabe esperar que tenga un potencial de apreciación considerable, pero que también conlleve un considerable riesgo de pérdida o depreciación. La inversión es una recompensa por asumir riesgos, cuanto menos riesgo, menor recompensa.

En conjunto, la demanda de dinero sólo cambiará con la varianza en la preferencia temporal. A medida que en general la gente vaya desarrollando una preferencia temporal más baja, es probable que más personas quieran acumular dinero, provocando un aumento de su valor de mercado en comparación con otros bienes y recompensando adicionalmente a sus propietarios. Por otro lado, una sociedad que desarrolle una preferencia temporal más alta tenderá a disminuir sus existencias de dinero, haciendo caer ligeramente su valor de mercado. En cualquiera de los casos, la acumulación de dinero seguirá siendo en general el activo menos arriesgado y provechoso, y ésta es, en definitiva, la causa fundamental de su demanda.

El presente análisis ayuda a explicar la extraordinaria capacidad del oro para conservar su valor a lo largo de años, décadas y siglos. Al observar los precios en gramos de oro de los productos agrícolas durante el Imperio romano, vemos una notable similitud con los de hoy día. Si examinamos el edicto de precios de Diocleciano del año 301 d. C. y convertimos el precio del oro a su equivalente actual en dólares, vemos que un cuarto de kilo de ternera costaba unos 4,5 dólares, mientras que una pinta de cerveza valía cerca de 2 dólares, una de vino de calidad, unos 13 dólares, una de vino corriente, 9 dólares, y medio litro de aceite, alrededor de 20 dólares. La comparación de varios datos sobre los sueldos de diferentes profesiones muestra unas pautas similares, pero estos puntos de medición individuales, si bien son indicativos, no pueden considerarse una solución definitiva de la cuestión.

Roy Jastram ha elaborado un sistemático estudio de la capacidad adquisitiva del oro durante el período más prolongado del que hay datos coherentes disponibles. Al observar los datos ingleses desde 1560 a 1976 para analizar el cambio del poder adquisitivo del oro en lo que respecta a los productos básicos, Jastram descubrió que éste disminuyó durante los primeros 140 años, pero luego se mantuvo relativamente estable desde 1700 a 1914, cuando Gran Bretaña abandonó el patrón oro. Durante más de dos siglos en los que Gran Bretaña utilizó sobre todo el oro como moneda, su poder adquisitivo permaneció casi constante, como lo hicieron los precios de los productos básicos al por mayor. Después de que el país abandonara de manera efectiva el patrón oro, con posterioridad a la primera guerra mundial, la capacidad de compra del oro aumentó, así como el índice de precios al por mayor. Es importante entender que el hecho de que un medio monetario mantenga un valor del todo constante no es ni siquiera teóricamente posible o determinable. Los bienes y servicios que el dinero compra varían con el tiempo a medida que las nuevas tecnologías van introduciendo nuevos bienes que sustituyen a los antiguos, así como cambiar las condiciones de la oferta y la demanda de las diferentes mercancías. Una de las principales funciones de la unidad monetaria es servir como unidad de medida de los bienes económicos, cuyo valor está en constante evolución. Así pues, no es posible evaluar de manera satisfactoria el precio de un bien monetario, aunque, a lo largo de prolongados horizontes temporales, estudios parecidos al de Jastram pueden ser indicativos de una tendencia general a que un instrumento de cambio conserve su valor, sobre todo comparado con otras formas de dinero.

Datos más recientes de Estados Unidos, centrados en los dos últimos siglos, en los que se registró un crecimiento económico más acelerado que en el período que cubren los datos de Jastram, muestran que el oro incluso ha incrementado de valor en lo que respecta a los productos básicos, cuyos precios aumentaron de forma drástica en términos de dólares estadounidenses. Esto es perfectamente congruente con el hecho de que el oro sea la moneda más sólida disponible. Resulta más fácil incrementar la oferta de todos los productos básicos que la del oro, así que, con el tiempo, todos esos productos acaban siendo bastante más abundantes que el metal, lo cual provoca un incremento del poder adquisitivo del oro a la larga. El dólar estadounidense también adquiría valor con respecto a los productos básicos allí donde estaba vinculado al oro, pero lo perdía de manera significativa cuando se cortaba la conexión, como sucedió durante la guerra civil estadounidense y la impresión de billetes verdes, así como en el período posterior a la devaluación del dólar de 1934 y a la confiscación del oro de sus ciudadanos.

Durante el período comprendido entre 1931 y 1971, el dinero estuvo vinculado nominalmente al oro, pero sólo mediante varios acuerdos del gobierno que permitían el intercambio de oro por papel moneda bajo arcanas condiciones. Esta etapa presenció inestabilidad tanto en el valor del dinero gubernamental como del oro, además de cambios políticos. Para establecer una comparación entre el oro y el dinero gubernamental, resulta más práctico fijarse en el período que va desde 1971 hasta la actualidad, en el que las divisas nacionales en régimen de libre flotación se han negociado en mercados y los bancos centrales se han encargado de garantizar su poder adquisitivo.

Incluso las formas de dinero gubernamental más estables y con mejores resultados han visto diezmado su valor comparado con el oro, cuya cotización en la actualidad es de un 2-3 por ciento de su valor en 1971, cuando todos los países se desvincularon del oro. Esto no representa una subida del valor de mercado del oro, sino más bien una caída del valor de las monedas fíat. Al comparar los precios de los bienes y servicios con el valor del dinero gubernamental y del oro, encontramos un aumento significativo si se expresan en el primero, pero una relativa estabilidad si lo hacen en el segundo. El precio de un barril de petróleo, por ejemplo, una de las materias primas clave de la sociedad industrial moderna, ha sido relativamente constante en relación con el oro desde 1971, aumentando al mismo tiempo en varios órdenes de magnitud en relación con el dinero gubernamental.

El dinero sólido, cuya oferta no puede ampliarse con facilidad, probablemente tendrá un valor más uniforme que el dinero inestable porque su oferta es en gran medida poco flexible, mientras que la demanda social de dinero varía poco con el tiempo a medida que las preferencias temporales presentan variaciones. Por otra parte, el dinero fácil, debido a lacapacidad de sus productores de variar su cantidad drásticamente, suscitará una demanda muy fluctuante por parte de sus propietarios a medida que varíe su cantidad y suba y baje su fiabilidad como depósito de valor.

No sólo es importante una relativa estabilidad del valor para conservar el poder adquisitivo de los ahorros de quienes los tienen, cabría decir que es más importante para contribuir a preservar la integridad de la unidad monetaria como unidad contable. Cuando el dinero tiene un valor estable fácil de prever debido a la pequeña variación en la oferta y la demanda, puede actuar como una señal fiable de la necesidad de introducir cambios en el precio de otros bienes y servicios, como ocurrió con el oro.

Por otro lado, en el caso del dinero gubernamental, la masa monetaria aumenta mediante la ampliación de la oferta llevada a cabo por el banco central y los bancos comerciales, y se contrae a través de las recesiones deflacionarias y las quiebras, si bien la demanda de dinero puede variar de manera aún más impredecible en función de las expectativas que la gente abrigue sobre el valor del dinero y las políticas del banco central. Esta combinación sumamente volátil se traduce en que el valor del dinero gubernamental es impredecible a largo plazo. La misión de garantizar la estabilidad de los precios que recae en los bancos centrales les hace estar constantemente gestionando la oferta de dinero con la ayuda de sus diversas herramientas, logrando que muchas de las principales divisas parezcan menos volátiles en el corto plazo frente al oro. Pero, a la larga, el constante incremento en la oferta del dinero gubernamental comparado con el aumento continuo y lento del oro hace que el valor del oro sea más predecible.

El dinero sólido, elegido en el mercado libre precisamente por su probabilidad de mantener su valor en el tiempo, tendrá por naturaleza mejor estabilidad que el dinero frágil o poco sólido, cuyo uso es impuesto por medio de medidas coercitivas del gobierno. Si el dinero gubernamental fuera una mejor unidad contable y reserva de valor, no necesitaría leyes sobre las monedas de curso legal para imponerlas, ni los gobiernos de todo el mundo tendrían que haber confiscado grandes cantidades de oro y conservarlas en las reservas de sus bancos centrales. El hecho de que los bancos centrales sigan aferrándose a su oro, y de que incluso hayan comenzado a incrementar sus reservas, da fe de la confianza que tienen en sus propias divisas a largo plazo, así como del inevitable rol monetario del oro a medida que el valor del papel moneda continúa alcanzando niveles aún más bajos.

Ahorro y acumulación de capital

Uno de los problemas fundamentales que provoca una moneda cuyo valor va disminuyendo es que desincentiva el ahorro de cara al futuro. La preferencia temporal suele ser positiva: dada la elección entre el mismo bien hoy o en el futuro, cualquier persona en su sano juicio preferirá tenerlo hoy. Sólo los aumentos del retorno en el futuro harán que la gente considere postergar la gratificación. Una moneda sólida es dinero que se va revalorizando poco a poco con el tiempo, lo que significa que es probable que el hecho de conservarla produzca un incremento del poder adquisitivo. Una moneda frágil, controlada por bancos centrales cuya manifiesta misión es contener la inflación en positivo, no ofrecerá demasiados incentivos para que los propietarios la preserven, y es probable que éstos se vuelvan propensos a gastarla o a pedirla prestada.

Por lo que respecta a las inversiones, el dinero sólido genera un entorno económico en el que cualquier tasa de rendimiento positiva será favorable al inversor, ya que es muy posible que la unidad monetaria conserve su valor, o bien que se aprecie, fortaleciendo así el incentivo para invertir. Con una moneda inestable, en cambio, sólo los retornos que sean más altos que la tasa de depreciación de la divisa serán positivos en términos reales, ofreciendo así incentivos para obtener una alta rentabilidad, pero en inversiones de alto riesgo y elevado gasto. Asimismo, como un incremento de la masa monetaria significa en la práctica unos bajos tipos de interés, el incentivo para ahorrar e invertir se rebaja, mientras que aumenta el de endeudarse.

El historial de un experimento de 46 años con dinero inestable (o poco sólido) corrobora esta conclusión. Las tasas de ahorro vienen disminuyendo en los países desarrollados, cayendo a niveles muy bajos, mientras que las deudas personales, municipales y nacionales han aumentado a niveles que hubieran parecido inconcebibles en el pasado.

Sólo Suiza, que permaneció de manera oficial en el patrón oro hasta 1934, y que siguió respaldando su divisa con grandes reservas del metal hasta principios de la década de 1990, ha seguido teniendo altos índices de ahorro, erigiéndose como el último bastión de la civilización occidental de la baja preferencia temporal con un índice de ahorro de dos cifras, ya que el resto de las economías occidentales han caído en picado a tasas de ahorro de un solo dígito, e incluso negativas en algunos casos. La tasa de ahorro media de las siete economías más avanzadas fue del 12,66 por ciento en 1970, pero cayó al 3,39 por ciento en 2015, una disminución de casi tres cuartas partes.

Si bien las tasas de ahorro se han desplomado en el mundo occidental, el endeudamiento sigue en aumento. El hogar medio en Occidente está endeudado en más de un ciento por ciento de sus ingresos anuales, mientras que la carga total de la deuda de los diversos niveles de gobierno y de las familias supera varias veces el PIB, con importantes consecuencias. Tales números se han vuelto algo normal, puesto que los economistas keynesianos aseguran a los ciudadanos que la deuda favorece el crecimiento y que el ahorro daría lugar a una recesión. Una de las fantasías más engañosas que impera en el pensamiento económico keynesiano es la idea de que la deuda nacional «no importa, ya que nos debemos a nosotros mismos». Sólo un discípulo de Keynes que fuera partidario de una tasa de preferencia temporal alta podría no alcanzar a entender que este «nosotros» no es una masa amorfa homogénea, sino que se diferencia en varias generaciones; a saber, las actuales que consumen de manera temeraria en detrimento de las futuras. Para colmo de males, esta frase suele ir seguida de un chantaje emocional de siguiente tenor: «Estaríamos defraudándonos a nosotros mismos si no nos endeudáramos para invertir en nuestro futuro».

Muchos pretenden que el concepto de que lo único que importa es el gasto es un moderno e increíble descubrimiento fraguado en la brillante mente de Keynes, y que si se garantiza que éste siga siendo elevado, las deudas pueden continuar aumentando de forma indefinida y se puede eliminar el ahorro. En realidad, no hay nada nuevo en semejante política, que fue empleada por decadentes emperadores de Roma durante su declive, excepto que se ha venido aplicando con papel dinero emitido por gobiernos. En efecto, el papel moneda permite ser gestionado de manera un poco más fluida, y de un modo menos evidente, que las monedas metálicas del pasado. Pero los resultados son los mismos.

La borrachera de visible consumo del siglo XX no puede entenderse al margen de la destrucción del dinero sólido y del estallido de la keynesiana teoría de la preferencia temporal alta, de vilipendiar el ahorro y deificar el consumo como elemento clave de la prosperidad económica. El reducido incentivo al ahorro se ve reflejado en un creciente incentivo al gasto, con tipos de interés manipulados por regla general a la baja y bancos en condiciones de emitir más crédito que nunca. El crédito ha dejado de circunscribirse a la inversión y ha pasado al consumo. Las tarjetas de crédito y los préstamos personales permiten que las personas se endeuden con el fin de consumir aunque no sea con pretensiones de invertir en el futuro. Resulta un signo irónico del grado de la ignorancia económica contemporánea fomentada por los economistas keynesianos el hecho de que se culpe al capitalismo, un sistema económico basado en la acumulación de capital del ahorro, de dar rienda suelta al consumo ostentoso; todo lo contrario a la acumulación de capital. El capitalismo es lo que ocurre cuando la gente abandona su preferencia temporal alta, pospone la gratificación inmediata e invierte en el futuro. El consumo de masas alimentado por la deuda es algo tan propio del capitalismo como la asfixia lo es de la respiración.

Esto también contribuye a explicar uno de los principales equívocos keynesianos sobre economía, el que estima que posponer el consumo actual mediante el ahorro dejará a los trabajadores sin empleo y hará que la producción económica se detenga. Keynes consideraba que el nivel de gasto en cualquier momento era el factor determinante más importante del estado de una economía porque, al no haber estudiado economía, no entendía la teoría del capital y cómo el empleo no sólo no tiene que estar en los productos finales, sino que también puede darse en la producción de bienes que sólo producirá bienes finales en el futuro. Al haber podido vivir de una considerable fortuna familiar sin tener que desempeñar nunca un trabajo de verdad, Keynes no tenía ni idea de qué significaba ahorrar ni de qué era la acumulación de capital ni de cuál es el papel fundamental que todo ello representa en el crecimiento de la economía. Por consiguiente, Keynes observó que se atravesaba una recesión al mismo tiempo que se experimentaba una caída del gasto de los consumidores y un incremento del ahorro, y asumía que la relación de causalidad iba desde el aumento del ahorro hasta la disminución del consumo y la recesión. Si hubiera tenido el temperamento para estudiar la teoría del capital, Keynes habría entendido que la disminución del consumo era una reacción natural al ciclo económico, que a su vez estaba causado por la expansión de la masa monetaria, como se analizará en el capítulo 6. También habría comprendido que las únicas causas del crecimiento económico son la gratificación retardada, el ahorro y la inversión, que prolongaban la duración del ciclo productivo e incrementaban la productividad de los métodos de producción, dando lugar a mejores condiciones de vida. Se habría dado cuenta de que la única razón por la que había nacido en una familia rica, en una sociedad rica, era que sus antepasados habían pasado siglos acumulando capital, demorando la gratificación e invirtiendo en el futuro. Pero, como los emperadores romanos durante la decadencia de su Imperio, nunca entendió el trabajo y sacrificio que habían sido necesarios para amasar su riqueza, y creía en cambio que un consumo elevado es el origen de la prosperidad en lugar de su consecuencia.

El endeudamiento es lo opuesto al ahorro. Si el ahorro abre la posibilidad a la acumulación de capital y al avance de la civilización, la deuda es lo que puede revertirlo, a través de la disminución de las existencias de capital de una generación a otra, la reducción de la productividad y de un deterioro de las condiciones de vida. Ya se trate de deuda relacionada con la vivienda, obligaciones en materia de seguridad social o deuda pública que requerirá impuestos aún más altos y monetización de la misma para la refinanciación, puede que, desde la desaparición del Imperio romano (o, al menos, desde la revolución industrial), las generaciones actuales sean las primeras del mundo occidental en venir al mundo con menos capital que sus padres. En lugar de ser testigos de la acumulación de ahorros y del incremento de las reservas de capital, la generación presente tiene que pagar el creciente interés por su deuda y trabajar con más ahínco para sufragar los programas de ayudas sociales que apenas llegarán a disfrutar, al mismo tiempo que pagan impuestos más elevados y acusan mayores dificultades para ahorrar de cara a la vejez.

Este paso del dinero sólido a su depreciación ha desembocado en que la riqueza acumulada a lo largo de varias generaciones se despilfarre en una o dos por un consumo ostentoso, convirtiendo el endeudamiento en el nuevo método de financiación de los gastos más importantes. Mientras que hace cien años la mayoría de la gente pagaba su vivienda, educación o matrimonio, con su trabajo o con sus ahorros acumulados, esta idea nos parece ridícula hoy día. Ni siquiera los más ricos viven ya dentro de sus posibilidades, y en su lugar utilizan su riqueza para permitirse préstamos de mayor cuantía y financiar grandes compras. Esta clase de componenda puede prolongarse durante un tiempo, pero no puede confundirse su duración con su sostenibilidad, ya que no es más que el consumo sistemático de las existencias de capital de una sociedad.

Cuando se nacionalizó el dinero, éste se puso bajo el control de políticos que funcionan dentro de horizontes temporales breves, de unos cuantos años, y que hacen todo lo posible por salir reelegidos. Es lógico que un proceso de esta índole lleve a la toma de decisiones cortoplacistas con las que los políticos hacen un uso indebido de la moneda para financiar sus campañas de reelección a expensas de generaciones futuras. Como señaló H. L. Mencken: «Toda elección es una suerte de subasta anticipada de bienes robados». En una sociedad en la que el dinero era libre y sólido, las personas se veían obligadas a adoptar decisiones con respecto a su capital que a largo plazo afectaron a sus familias. Aunque es probable que algunas tomaran decisiones irresponsables que acabaron por perjudicar a su descendencia, quienes quisieron sustentar decisiones responsables tuvieron la oportunidad de hacerlo. Con el dinero nacionalizado, esto fue cada vez más difícil, ya que es inevitable que el control gubernamental central de la masa monetaria desbarate los incentivos al ahorro y, a la vez, incremente los estímulos al endeudamiento. Independientemente de lo prudente que pueda ser una persona, sus hijos seguirán siendo testigos de cómo sus ahorros pierden valor y tienen que pagar impuestos para cubrir la generosidad inflacionaria de su gobierno.

A medida que la disminución de la herencia intergeneracional ha ido reduciendo la fortaleza de la unidad familiar, el ilimitado talonario del gobierno ha potenciado su capacidad de dirigir y configurar la vida de la gente, lo que le permite desempeñar un papel cada vez más importante en más aspectos de la misma. La capacidad de la familia para financiar al individuo se ha visto eclipsada por la generosidad del Estado, con lo cual cada vez existen menos alicientes para tener descendencia.

En una sociedad tradicional, los ciudadanos son conscientes de que necesitarán tener hijos que les presten apoyo en el futuro, por lo que dedicarán sus saludables y prósperos años de juventud a formar una familia e invertir en proporcionar a su prole la mejor vida posible. Pero si se desincentiva en general la inversión a largo plazo, si lo más probable es que ahorrar sea contraproducente a medida que el dinero se va depreciando, dicha inversión se vuelve menos rentable. Es más, como los políticos venden a la población la mentira de que la eterna asistencia social y las prestaciones por jubilación son posibles a través de la magia de imprimir dinero, invertir en una familia pasa a ser cada vez menos importante y provechoso. Con el tiempo, el estímulo para comenzar una familia disminuye, y más gente acaba por llevar vida de soltero. Cada vez tienden a romperse más matrimonios, ya que los cónyuges están menos dispuestos a invertir emocional, moral y financieramente para que funcione, mientras que es muy probable que aquellos matrimonios que sobreviven tengan menos hijos. El célebre fenómeno de la moderna desintegración de la familia no puede entenderse sin reconocer el papel del dinero inestable, que permite al Estado apropiarse de muchas de las funciones esenciales que la familia había venido desempeñando durante miles de años y reduce el incentivo de todos los miembros de la unidad familiar para invertir en relaciones familiares a largo plazo.

Puede decirse que sustituir la familia por la generosidad del gobierno ha sido un mal cambio para los individuos que han participado de la misma. Varios estudios demuestran que el sentimiento de satisfacción personal depende en gran medida del íntimo establecimiento de vínculos familiares a largo plazo con una pareja y con los hijos. Muchos estudios muestran también que los índices de depresión y de enfermedades psicológicas aumentan con el tiempo cuando se rompe una familia, sobre todo en las mujeres. Con suma frecuencia, los casos de depresión y de trastornos psicológicos tienen una ruptura familiar como causa principal.

No es casualidad que la disolución de la familia se haya producido por la implementación de los preceptos económicos de un hombre que nunca tuvo interés en el largo plazo. Hijo de una familia acomodada que había acumulado un importante capital durante generaciones, Keynes fue un libertino hedonista que desperdició gran parte de su vida adulta entregado a mantener relaciones sexuales con jóvenes, incluidos sus viajes por el Mediterráneo para visitar burdeles de chicos chaperos. Mientras que la Gran Bretaña victoriana era una sociedad de baja preferencia temporal con un profundo sentido de la moralidad, escasos conflictos interpersonales y familias estables, Keynes formó parte de una generación de personas que se alzó contra estas tradiciones, las cuales consideraban una institución represiva que había que derribar. Es imposible entender la teoría económica de Keynes sin conocer la clase de moralidad que quería ver en una sociedad que él creía poder configurar según su voluntad.>/p>

Innovaciones: «de cero a uno» frente a «de uno a muchos»

El impacto de una moneda fuerte sobre la preferencia temporal y la orientación futura puede apreciarse en algo más que el simple nivel de ahorro; también se observa en la clase de proyectos en los que invierte una sociedad. Bajo un régimen de dinero sólido, parecido al que tenía el mundo a finales del siglo XIX, es mucho más probable que la gente lleve a cabo inversiones a largo plazo y que tenga grandes sumas de capital disponible para financiar el tipo de proyecto que requerirá mucho tiempo pagar. Como resultado, algunas de las innovaciones más importantes en la historia de la humanidad nacieron en la era dorada, a finales del siglo XIX.

En su obra fundamental, The history of science and technology, Bunch y Hellemans confeccionan un listado de las 8.583 innovaciones e invenciones más importantes en la historia de la ciencia y la tecnología. El físico Jonathan Huebner56 analizó todos estos hechos junto con los años en los que acontecieron y la cifra de población mundial en dicha fecha, y midió la tasa de incidencia de dichos acontecimientos por año per cápita desde la Edad Media. Huebner constató que mientras el número total de innovaciones aumentó en el siglo XX, el número de innovaciones per cápita alcanzó su punto máximo en el siglo XIX.

Un examen minucioso de los inventos del mundo anterior a 1914 brinda apoyo a los datos de Huebner. No es exagerado decir que nuestro mundo moderno se inventó en los años del patrón oro que precedieron a la primera guerra mundial. El siglo XX fue el que perfeccionó, mejoró, optimizó, economizó y popularizó los descubrimientos del siglo XIX. Las maravillas de las mejoras del siglo XX hacen que sea fácil olvidar que casi todas las verdaderas invenciones —las transformadoras innovaciones que cambiaron el mundo— surgieron en la época dorada.

En su célebre libro, De cero a uno, Peter Thiel analiza el impacto de los visionarios que crearon un nuevo mundo mediante la elaboración del primer ejemplo satisfactorio de una nueva tecnología. El paso de «cero a uno» al contar con el exitoso ejemplo de una tecnología, según su terminología, es el paso más difícil y significativo de una invención, mientras que el paso «de uno a muchos» es una cuestión de escala, marketing y optimización. Puede que aquellos de nosotros que estamos enamorados del concepto de progreso encontremos difícil digerir el hecho de que el mundo del dinero sólido anterior a 1914 fue el mundo del cero a uno, mientras que el posterior mundo de dinero producido por el gobierno sea el mundo de pasar de uno a muchos. No hay nada malo del paso de uno a muchos, pero sin duda nos proporciona suficiente materia de reflexión y lleva a preguntarnos por qué no tenemos muchas más transformaciones de cero a uno bajo nuestro sistema monetario actual.

La mayor parte de la tecnología que utilizamos en nuestra vida moderna se inventó en el siglo XIX, bajo el patrón oro, financiada con los bienes de capital en constante aumento acumulado por los ahorradores que atesoraban su riqueza en una moneda sólida y reserva de valor que no se depreciaba con rapidez. Un resumen de algunas de las innovaciones más importantes de este período es el siguiente:

Agua corriente fría y caliente, baños en el interior de las casas, instalación de cañerías, calefacción central. Estas innovaciones, que cualquiera que viva en una sociedad civilizada da por sentado en la actualidad, son la diferencia entre la vida y la muerte para la mayor parte de nosotros. Han sido el principal factor para la erradicación de la mayoría de dolencias infecciosas en todo el mundo, y han permitido el crecimiento de zonas urbanas sin el omnipresente azote de las enfermedades.

Electricidad, motor de combustión interna, fabricación en serie. Nuestra moderna sociedad industrial fue construida alrededor del aumento de la utilización de la energía de hidrocarburos, sin la cual ninguna de las parafernalias de la civilización moderna sería posible. Estas tecnologías fundacionales de la energía y la industria se inventaron en el siglo XIX.

Automóvil, avión, metro, ascensor eléctrico. Debemos agradecer a la Belle époque el hecho de que las calles de nuestras ciudades no estén llenas de estiércol de caballo, así como la posibilidad de viajar alrededor del mundo. El automóvil fue inventado por Karl Benz en 1885; el avión, por los hermanos Wright en 1906; el metro, por Charles Pearson en 1843; y el ascensor eléctrico, por Elisha Otis en 1852.

Cirugía cardíaca, trasplante de órganos, apendicectomía, incubadoras para recién nacidos, radioterapia, anestésicos, aspirina, tipos y transfusiones de sangre, vitaminas, electrocardiograma, estetoscopio. La cirugía y la medicina moderna también deben sus avances más significativos a la Belle époque. La introducción del saneamiento moderno y la energía de hidrocarburos fiable permitió a los médicos transformar el modo en que cuidaban de sus pacientes tras siglos de tratamientos en gran medida contraproducentes.

Productos químicos derivados del petróleo, acero inoxidable, fertilizantes a base de nitrógeno. Todas las sustancias y los materiales industriales que hacen posible nuestra vida moderna proceden de las innovaciones transformadoras de la Belle époque, que permitieron la industrialización masiva, así como la agricultura intensiva. Los plásticos, y todo lo que procede de ellos, son un producto de la utilización de productos químicos derivados del petróleo.

Teléfono, radiotelegrafía, grabaciones de voz, fotografía en color, películas. Si bien nos gusta pensar que nuestra época moderna es la era de las telecomunicaciones, en realidad, la mayoría de lo que hemos logrado en el siglo XX no fueron más que mejoras de las innovaciones del siglo XIX. El primer ordenador fue el Babbage, diseñado en 1833 por Charles Babbage, pero acabado por su hijo Henry en 1888. Tal vez sea una exageración afirmar que internet y todo lo que contiene son meros accesorios añadidos al invento del telégrafo en 1843, pero sí que tiene algo de verdad. Fue el telégrafo el que en esencia transformó la sociedad humana al favorecer la comunicación sin la necesidad del transporte físico de cartas ni de mensajeros. Ése fue el momento «de cero a uno» de las telecomunicaciones, todo lo que vino después, y todas sus maravillas, ha sido una mejora del tipo «de uno a muchos&raquo

Florecimiento artístico

Las contribuciones del dinero sólido a la prosperidad de la humanidad no se limitan a los avances científicos y tecnológicos; también pueden advertirse con claridad en el mundo del arte. No es ninguna coincidencia que los artistas florentinos y venecianos fueran los líderes del Renacimiento, ya que esas dos ciudades fueron las que lideraron Europa en la adopción del dinero sólido. Las escuelas barroca, neoclásica, romántica, realista y postimpresionista estuvieron financiadas por acaudalados mecenas que acumularon dinero sólido, con una preferencia temporal muy baja y la paciencia para esperar años, incluso décadas, a la finalización de obras de arte destinadas a perdurar durante siglos. Las impresionantes cúpulas de las iglesias europeas, construidas y decoradas a lo largo de décadas de meticuloso e inspirado trabajo por incomparables arquitectos y artistas como Filippo Brunelleschi y Miguel Ángel, estuvieron sufragadas por patrocinadores con una preferencia temporal muy baja. El único modo de impresionar a estos mecenas era construir obras de arte que pervivieran lo suficiente como para inmortalizar sus nombres en tanto que dueños de grandes colecciones y mecenas de grandes artistas. Éste es el motivo por el que quizá los Médicis, de Florencia, son más conocidos por su patrocinio de las artes que por sus innovaciones en banca y finanzas, aunque puede que estas últimas sean mucho más relevantes.

Del mismo modo, las obras musicales de Bach, Mozart, Beethoven y de compositores de la época renacentista, clásica y romántica dejan en ridículo los ruidos bestiales actuales registrados en lotes de unos pocos minutos, producidos a espuertas por estudios que se benefician de vender la excitación de los instintos más básicos. Mientras que la música de la era dorada se dirigía al alma del ser humano y lo despertaba a pensar en cuestiones más elevadas que la rutina de la vida diaria, los ruidos musicales de hoy se dirigen a los instintos animales más básicos del ser humano, distrayéndole de la realidad de la vida, invitándole a disfrutar de los placeres sensoriales inmediatos sin preocuparse de las consecuencias a largo plazo ni por nada más profundo. Fue el dinero sólido el que financió Los conciertos de Brandeburgo, de Bach, en tanto que el dinero fácil ha financiado los berreos de Miley Cyrus.

En tiempos de dinero sólido y preferencia temporal baja, los artistas trabajaban en perfeccionar su profesión para poder crear valiosas obras a la larga. Pasaban años aprendiendo las intrincadas técnicas y los detalles de su trabajo, perfeccionando todo ello y esforzándose por superar las habilidades de los demás, para asombro de sus mecenas y del público en general. Nadie tenía oportunidad de que le llamaran artista sin años de duro esfuerzo en el desarrollo de su arte. Los artistas no sermoneaban al público con aire de superioridad sobre qué es el arte y por qué sus perezosas obras, que no hicieron en un solo día, son tan profundas. Bach nunca afirmó ser un genio ni habló largo y tendido sobre cómo su música era mejor que la de los otros; en cambio pasó la vida perfeccionando su oficio. Miguel Ángel dedicó cuatro años colgado de la bóveda de la Capilla Sixtina trabajando durante la mayor parte del día, apenas sin comer, para pintar su obra de arte. Incluso escribió un poema para describir la dura experiencia:

Bajo el mentón crecido me ha el buche como a gato que bebe agua lombarda. O de cualquier otro país infame; de la barbilla cuélgame la panza.

Si levanto la barba, el cogote siento sobre el lomo; tengo pecho de arpía y el chorreante pincel sobre mi cara hace de ella un mosaico variopinto. Todo el lomo cargo ya en la panza, que contrapesa el culo como grupa y no me deja ver ni dónde piso.

El cuero se me alarga por delante, se me hace nudos al echarme atrás y me estiro como un arco de Siria. Pero, falaz y extraño, resurge el juicio que la mente porta porque mal tira cerbatana chueca. Giovanni, hoy me hallo lejos de mi oficio y, sin ser pintor, defiendes mi honra y mi pintura muerta.

Sólo con semejante meticuloso y dedicado esfuerzo durante muchos decenios, alcanzaron estos genios el éxito con la creación de sus célebres obras de arte, inmortalizando sus nombres como los maestros del oficio. En la época del dinero inestable o poco sólido, ningún artista tiene una preferencia temporal tan baja como para trabajar tan duro y durante tanto tiempo como Miguel Ángel o Bach y aprender su oficio como corresponde, o bien para dedicar una considerable cantidad de tiempo a perfeccionarlo. Basta darse una vuelta por una galería de arte contemporáneo para ver obras artísticas cuya creación no requiere más esfuerzo o talento que el que puede reunir un niño aburrido de seis años. Los artistas actuales han sustituido el oficio y las largas horas de práctica por la pretenciosidad, el impacto, la indignación y la angustia existencial como formas de intimidar al público para que aprecien su arte. Con frecuencia, tales artistas añaden cierto pretexto para explicitar ideas políticas, por norma general de la pueril variedad marxista, y fingir así profundidad. Hasta el punto de que si algo bueno se puede afirmar del «arte» moderno es que es inteligente, a la manera de una broma o de una inocentada. No hay nada bello o admirable en el resultado ni en el proceso de creación de la mayor parte del arte contemporáneo, porque ha sido concebido en cuestión de horas por perezosos aficionados sin talento que nunca se molestaron en practicar su oficio. Sólo la barata pretenciosidad, la obscenidad y el escándalo llaman la atención hacia el emperador desnudo del arte moderno, y únicamente las largas y pretenciosas diatribas en las que se humilla a los que no entienden dicha obra le otorga valor.

Si bien el dinero gubernamental ha sustituido al dinero sólido, mecenas con una baja preferencia temporal y gustos refinados han sido reemplazados por burócratas del gobierno con intereses políticos tan burdos como sus gustos artísticos. Por supuesto, ni la belleza ni la perdurabilidad importan ya, sustituidas por el parloteo político y la capacidad de impresionar a los burócratas que controlan las principales fuentes de financiación de las grandes galerías y los principales museos de arte, que han pasado a ser monopolios protegidos por los gobiernos sobre el gusto artístico y las normas aplicables a la educación artística. La libre competencia entre artistas y donantes es ahora suplantada por la planificación central de irresponsables funcionarios, con resultados desastrosos, como era de esperar. En el libre mercado, los vencedores siempre son quienes proporcionan los bienes que el público juzga mejores. Cuando el gobierno se encarga de decidir quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores, la clase de gente que no tiene nada mejor que hacer con su vida que trabajar como burócrata gubernamental se erige en árbitro del gusto y la belleza. En lugar de que el éxito del arte lo determinen personas que hayan logrado alcanzar la riqueza a través de varias generaciones de inteligencia y baja preferencia temporal, éste lo establece gente con ganas de ascender en la estructura política y burocrática. Un conocimiento superficial de esta clase de personas basta para explicar a cualquiera cómo podemos acabar con las monstruosidades del arte contemporáneo.

En su creciente esfera de control alimentada por decretos, casi todos los gobiernos modernos destinan presupuesto a financiar el arte y a los artistas en distintos medios. Pero, con el paso del tiempo, han surgido extrañas y apenas creíbles historias sobre intromisiones encubiertas gubernamentales en el mundo del arte por motivos políticos. Hace poco se ha sabido que, cuando los rusos financiaron y dirigieron el «arte» comunista con motivos políticos y propagandísticos, la CIA replicó con la financiación y promoción del trabajo de pervertidos expresionistas abstractos como Mark Rothko y Jackson Pollock para que actuaran como ficha estadounidense.58 Sólo con dinero inestable pudimos alcanzar semejante calamidad artística, una situación en la que los dos gigantes económicos, militares y políticos del mundo promovieron y financiaron de forma activa basura elegida por gente cuyos gustos artísticos les capacitaba para hacer carrera en las agencias de espionaje y en las administraciones de Washington y Moscú.

Como los Médicis han sido sustituidos por sus equivalentes artísticos de trabajadores del Departamento de Vehículos a Motor, la consecuencia es un mundo del arte repleto de basura visualmente repulsiva creada en cuestión de minutos por vagos aficionados sin talento que buscan obtener un rápido cheque estafando a los aspirantes a formar parte de la clase artística en todo el mundo con absurdos cuentos urdidos sobre que su arte simboliza algo más que la total depravación del sinvergüenza que pretende erigirse en artista. Sólo llevó unas horas concebir el «arte» de Mark Rothko, pero fue vendido a incautos coleccionistas con millones de la actual moneda inestable, consolidando sin duda el arte contemporáneo como el más lucrativo timo de nuestro tiempo. Un artista moderno no necesita tener talento ni trabajar duro ni esforzarse al máximo, sólo tiene que exhibir un semblante serio y una actitud esnob cuando explique a los nuevos ricos por qué las salpicaduras de pintura sobre un lienzo son algo más que espantosas e involuntarias salpicaduras de pintura, y cómo su incapacidad para entender la inexplicable obra de arte es fácil de subsanar con un buen cheque. Lo que es asombroso no es sólo la preponderancia de basura como la de Rothko en el mundo del arte moderno, sino la visible ausencia de obras maestras que puedan compararse con las grandes obras del pasado. Es imposible ignorar que no se construyen demasiadas Capillas Sixtinas en la actualidad; tampoco existen muchos cuadros comparables con las grandes pinturas de Leonardo, Rafael, Rembrandt, Caravaggio o Vermeer. Esto resulta aún más sorprendente cuando uno advierte que los avances tecnológicos y la industrialización harían que llevar a cabo dichas obras de arte fuera mucho más sencillo de lo que fue en la época dorada.

La Capilla Sixtina deja a los visitantes boquiabiertos, y cualquier explicación más detallada sobre su contenido, su construcción y su historia transformará el asombro en apreciación de la profundidad de pensamiento, del oficio y del trabajo duro puesto en ella. Antes de que Rothko se hiciera famoso, incluso el crítico de arte más pretencioso podría haber pasado junto a uno de sus cuadros abandonado en la acera y no prestarle ninguna atención. Sólo después de que un círculo de críticos idiotas malgastara infinitas horas pontificando para promocionar su obra, los aduladores y los nuevos ricos empezaron a aparentar captar que hay un significado más profundo en ella y a gastar el moderno dinero inestable en ella.

Con los años han aflorado varias historias sobre bromistas que han dejado objetos varios en museos de arte contemporáneo, sólo para que los amantes del arte moderno revoloteasen a su alrededor con admiración; algo que demuestra la completa vacuidad de los gustos artísticos de nuestra época. Pero tal vez no haya un tributo más apropiado al valor del arte moderno que el realizado por muchos conserjes de museos de todo el mundo, los cuales, demostrando una admirable perspicacia y dedicación a su trabajo, han arrojado en varias ocasiones costosas instalaciones de arte a la basura, el lugar que les corresponde. Algunos de los «artistas» más emblemáticos de nuestro tiempo, como Damien Hirst, Gustav Metzger, Tracey Emin y la pareja italiana formada por Sara Goldschmied y Eleonora Chiara, han recibido esta valoración crítica por parte de los ordenanzas, más entendidos que los nuevos e inseguros ricos que gastan millones de dólares en lo que aquellos tiran a la basura.

Existen motivos para ignorar todos estos garabatos insignificantes como simple vergüenza financiada por el gobierno y mirar más allá por lo que valga la pena. Después de todo, nadie juzgará a un país como Estados Unidos por el comportamiento de sus incompetentes trabajadores del Departamento de Vehículos a Motor que se quedan dormidos durante su turno mientras vierten sus frustraciones sobre los desafortunados usuarios, y quizá no debamos juzgar nuestra época por la obra de trabajadores del gobierno que tejen historias sobre pilas de cartón sin valor como si fueran logros artísticos. Pero, aun así, cada vez encontramos menos y menos obras que puedan compararse con las del pasado. En su libro Del amanecer a la decadencia, una devastadora crítica a la moderna cultura «demótica», Jacques Barzun concluye: «Todo con lo que el siglo XX ha contribuido y ha creado desde entonces es refinamiento por análisis o crítica por imitación y parodia». El libro de Barzun fue bien recibido por muchas personas de esta generación porque contiene un grado considerable de verdad: una vez que uno supera el sesgo inherente a creer en la inevitabilidad del progreso, no hay forma de escapar a la conclusión de que la nuestra en una generación inferior a la de nuestros antepasados en cultura y perfeccionamiento, del mismo modo que los súbditos romanos de Diocleciano, que vivían del gasto inflacionario y estaban ebrios de los bárbaros espectáculos del Coliseo, no podían compararse con los grandes romanos de la época de César, que tenían que ganarse sus áureos con duro trabajo.

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